
PÁJARO QUE DIO LA BUENA NUEVA
El niño, rebelde en su esencia de niño santo, tomaría un día del mes de noviembre una de las decisiones más trascendentales de su vida: probar el poder de la llama santa del soplete. Es así que una noche del mismísimo mes de noviembre, el niño metió la ardiente flama dentro de la jaula del canario, propiedad de su querida madre, Toti. Al instante, Carlitos comprobaría en aquel cuerpecillo de pájaro chamuscado la supremacía del fuego sopletor. En ese mismo momento y tras concluir con su empirismo averil, apareció de la nada el fantasma del pájaro que tras el siguiente graznido, informó: “Crua chan, crua chan, crua chan” (de ahí el tema musical del grupo Sumo, Crua Chan); lo que en esperanto significa “Que pedazo de hijo de p…” . No importa. Carlitos María Soplete ya era un niño santificado por la buena nueva del ave recién tostada. Repiquetear de campanas de lavarropas acudieron en pronta sonería dentro de su cabeza. Aires en redondos círculos sopesaron sobre sus hombros tras sumergir a nuestro santo en un tonel acicalado, y, nada más.
De aquí en adelante, Carlos María Soplete, viviría como un ser ermitaño y harapiento; comiendo donde pudiese y colocando el soplete donde lo dejasen. Pero una tarde de noviembre (¡Qué casualidad, m’hijo!) volvió, como un hijo pródigo, al taller de su padre.
Los hechos que siguen suelen mezclarse con el mito y el vodka.
Una tarde de noviembre (por supuesto) Carlitos encendió a escondidas el soplete del taller. Sin darse cuenta quizás y tras sufrir violentos y repentinos movimientos peristálticos y antiperistálticos, dejó la llama del soplete pegada al tubo de gas. Cuando Carlitos volvió de sus menesteres fisiológicos al lugar, advirtió que la garrafa estaba tomando un rápido tono carmesí.
Hay quienes dicen que tal acontecimiento fue tomado por el santo como una señal divina; otros lo endilgan al resultado de un insano producto de la boludez. No importa (ya se dijo). Lo cierto es que en menos de lo que canta un gallo de Esculapio, Carlitos voló por el aire junto con toda la manzana.
Los acontecimientos que siguen (ya se dijo) son conocidos. A partir de aquí, un grupo grueso de señoras gruesas, comienza a endilgarle ciertos milagros reconocidos como causas ya quemadas, situaciones ya vencidas, acontecimientos incinerados; en resumen, San Sopletito es patrono popular de sucesos imposibles de resolver mediante la invocación de los Santos conocidos por la comunidad católica de Argentina y de los barrios aledaños, por supuesto.
El mensaje de San Sopletito trasciende todo entendimiento. Unos lo relacionan con el fuego que todo lo quema y lo purifica, otros, a un problema de Metrogas. Unos creen en el poder del santo patrono como regente de causas milagrosas; otros, como un piromaniaco primo hermano de Bonzo. Unos aceptan la pasión del Santo como símbolo de cambio y redención, otros, como un bombero voluntario de poca voluntad. Tampoco importa. En fin, esta es la historia de San Sopletito. Por su vida, pasión y caput, es el santo de las causas quemaditas (como ya se dijo). Sí, ya está. Amen.

